El código abierto no se mantiene solo. Detrás de cada versión descargable hay personas que revisan cambios, reproducen errores, actualizan dependencias, escriben documentación, traducen interfaces, moderan comunidades y responden cuando una actualización rompe algo. Algunas hacen ese trabajo en su tiempo libre. Otras reciben un sueldo de una empresa que necesita que el proyecto siga funcionando.


2026. La lluvia golpea los cristales del Cyber Café. En la sala de cómputo, los multifuncionales no paran de escupir hojas impresas por volumen. Los monitores se mantienen encendidos aunque no haya más gente sentada frente a los ordenadores. Solo somos yo y ese estudiante que llegó maldiciendo porque no ha podido abrir un documento importante; la pantalla espera una licencia, una contraseña, una tarjeta que no todos tienen. 

-Ya ingresé con mi usuario, pero no me permite editar ningún archivo -escuché su voz al cabo de un rato- Acaso usted ¿Puede prestarme su cuenta?

Yo tardé un poco en reaccionar, no lograba comprender qué quería conseguir aquel chico universitario. Miren que, pedir mis credenciales de usuario, para acceder a un recurso que, claramente, se encontraba en su propia cuenta. Eso suena raro. Por un momento me agarró en la pendeja y sí me puse a pensar: ¡Ah Chin..! ¿Eso se puede? ¿O sólo es un chico listo que intenta robar mis credenciales? Además…

-¿Una cuenta de qué o qué?, no te entiendo amigo.

-Una cuenta de Microsoft 365. Es que debo entregar mi proyecto y todo está en la nube, olvidé pagar la suscripción hace un par de meses. Al principio sólo me bloqueaba algunas funciones, pero tenía acceso a los archivos. Hoy quise imprimir mi trabajo, debía hacer algunas correcciones pero, ya no me permite editar nada. 

Me dice todo aquello con los ojos vidriosos. Se limpia los mocos con la manga de su suéter. 

-Lo siento amigo, no tengo cuenta, hace mucho que no utilizo la suite de Microsoft. ¿Has probado los documentos de Google? Tienen una capa gratuita bastante generosa, no necesitas pagar la suscripción.

-Sí, sí, es que tampoco puedo ingresar a mi cuenta de Gmail, olvidé el password y me robaron el celular que tenía vinculado.

-Ya veo, mala suerte. Bueno pero, ¿por qué no usas LibreOffice? Es una suite de código abierto. No se necesita pagar nada, ni utilizar tu correo electrónico, solo sentarte a escribir. Cuando termines guardas el fichero en tu memoria USB y lo traes a imprimir, como en los viejos tiempos.- Le dije.

-¿Libre qué? No, no señor, no conozco esos programas, nunca los he utilizado, además creo que no tienen guardado automático en la nube, ni se integran con el asistente de Copilot o con mi cuenta de Claude. Lo que quiero es ingresar a mi nube, ¿puede ayudarme o no?

Si bien esta escena pertenece al presente, la deuda viene de tiempo atrás. 

Finales de los dos mil. En los pasillos de la preparatoria, el conocimiento circulaba en memorias USB, discos grabados y carpetas compartidas. Para la mayoría de los estudiantes, acceder a Microsoft Office no era una decisión opcional, tu supervivencia se reducía a encontrar una copia funcional. La suite se había vuelto parte del mobiliario académico; pagar la licencia no figuraba en la lista de útiles.

Así, de mano en mano, el instalador pirata llegaba a las tuyas en dos posibles formatos; por un lado teníamos varios discos en una bolsita. Por el otro, el USB que te prestaba un compañero, tras haberla compartido con medio salón. Así, sin condon. Como una jeringa en un picadero de Tijuana. Sin manual, sin garantía y con una pregunta que nadie se atrevía a formular: ¿qué más venía dentro? A nadie parecía importarle su contenido, ni lo que viajaba con él.

No recuerdo mi primer programa pirata, pero sí me recuerdo a mí mismo, en innumerables ocasiones, recorriendo ese tramo del Eje Central que va de Madero hasta Plaza Meave, en Ciudad de México. Las diferentes plazas de tecnología no sólo exhiben los mejores componentes para equipos de cómputo, también anidan una de las mayores redes de piratería de la época. 

Ahí conseguí versiones liberadas de mis juegos favoritos, como Age of Empires o el Mythology, pero también de programas importantes cuya licencia era un gasto para el que no se tenía presupuesto. Así llegaron a mis manos diversas copias de Microsoft Encarta, CorelDraw, Photoshop, Illustrator, DreamWeaver, AutoCad y por supuesto Microsoft Office. 

Esa misma copia terminaba por instalarse en los diferentes equipos de toda mi familia, amigos y hasta conocidos. Era una necesidad básica para la escuela o el trabajo y la solución se agradecía sin importar la fuente. En algunas tiendas de cómputo, la máquina ya venía con Windows y Office activados con una licencia que, según el vendedor, no caducaría jamás.

Algunas de esas instalaciones fueron tan buenas que al día de hoy siguen funcionando. He visto Cyber Cafés operando con máquinas que corren -literalmente- con Windows Vista y la paquetería de Office 2007. Otras instalaciones en cambio, solían desactivar la licencia cada cierto tiempo, los programas se quedaban colgados mientras los usabas o simplemente se cerraban de improviso, sin avisar. Todo tu avance se perdía. Sin mencionar que tu equipo se volvía cada vez más lento.

Me gustaría saber a cuántos de nosotros nos pasó, perder todo el trabajo de horas, porque olvidó guardar el documento. Yo aún conservo esa manía de hacer ctrl + s, cada cinco minutos. Y cuántos de ustedes llenaron su primer laptop de Virus. Yo tuve un antivirus pirata, que era un virus combatiendo a otros virus. Y supongo que alguno de ustedes, estimados lectores, recordará el famoso programa de p2p: ARES. 

En él, podías encontrar y descargar prácticamente cualquier cosa. No había restricciones y tampoco antivirus que diera batalla a la cantidad de archivos infectados, circulando abiertamente, entre millones de usuarios. Incluidas las copias de Microsoft Office que utilizamos para hacer la tarea y las presentaciones de powerpoint que se mandaban en cadena por correo electrónico. Si no envías este spam a tres amigos, se te aparecerá la niña. Literalmente fue el Sida informático de los 90 y 2000.

El truco era desactivar el antivirus antes de instalar lo que fuera; ya después podías volver a activarlo. En algunos casos había que desconectarse hasta del Internet, pero sólo por un rato. Con el tiempo te acostumbrabas a que saltaran un millón de alertas: ficheros en cuarentena, de antemano sabias que era por el Office. Mientras no se te inunde la pantalla de publicidad. Es poca cosa.

No era una épica de hackers. Era una solución improvisada a una barrera concreta. Cada copia revelaba una contradicción: el conocimiento podía compartirse en el aula, pero las herramientas para producirlo estaban cerradas tras licencias que muchos no podían pagar. El privilegio, en su forma más cotidiana: no todos tenían una computadora en casa; no todos tenían una laptop.

Con los años, los cibercafés fueron desapareciendo de muchas calles. Los que sobreviven son una sombra al igual que las salas de chat y los fotoblogs. El smartphone cambió la escena: internet empezó a caber en el bolsillo, ya no hacía falta pagar diez pesos la hora para conectarse desde una computadora ajena. Parecía que todo el poder estaba, por fin, en la palma de la mano.

Pero conectarse no es lo mismo que tener el control. Seguíamos dependiendo de cuentas, plataformas y programas cuyas reglas no habíamos escrito. Para entender la alternativa al software privativo, primero hay que volver a una época en que compartir el código era parte esencial de la cultura de la computación: cuando usar un programa también podía significar estudiarlo, modificarlo y compartirlo.


El precio de la libertad